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Hace un tiempo, el diario el País publicó un artículo del escritor peruano Santiago Roncagliolo sobre la corrección política en los cuentos infantiles.

“El férreo control de contenidos editoriales infantiles no protege a los niños, sino a los padres. Tenemos miedo de las preguntas incómodas. Nos asusta ser incapaces de explicar por qué esos padres abandonan a sus hijos o esas madrastras son malas (aunque durante siglos ha bastado la frase “porque es un cuento, hijo”). En suma, tenemos miedo de hablar con nuestros propios hijos. Pero precisamente para eso se hacen los libros: para pensar, imaginar y discutir”, señalaba Roncagliolo en el texto.

La literatura infantil ha ayudado a generaciones y generaciones de niños a procesar temores, entender miedos.

A la televisión infantil, aún le cuesta ir en esa dirección. Todavía se mueve entre la corrección de las historias con final feliz, la superficialidad en el tratamiento de los temas complejos, la división del mundo entre el bien y el mal o la búsqueda de la diversión. Le cuesta abandonar la “seguridad” de lo ya probado.

Una televisión infantil con encanto, vitalidad, fuerza es también aquella que, respetando las edades y características de sus audiencias, se anima a experimentar en historias, sentidos y estéticas y confía en la capacidad de los chicos como sujetos productores de múltiples sentidos, con una sensibilidad compleja, rica y diversa.

Una televisión que aborda, con responsabilidad, sus intereses, sus inquietudes, sus dinámicas, sus emociones, sus alegrías, sus juegos, sus juguetes pero también hacer lugar a sus preocupaciones, sus preguntas, sus conflictos, sus luchas, sus demandas, sus angustias.

Una televisión capaz de habilitar las preguntas que chicos y chicas tienen sobre el mundo, que no teme a hablar de la muerte, de las pérdidas, de los desamores, de los conflictos.

Dejemos que la tele, como lo hace la literatura infantil, cuente el mundo desde la mirada infantil, que sea apropiada a la edad, y pertinente pero que sea relevante, que importe y que se anime a despertar el pensamiento, a estimular las emociones y a discutir ideas.

Porque cuando lo logra, hace una diferencia.

Valen algunos ejemplos que lo demuestran

Para hablar de la historia a que a veces cuesta contar

Para poner en escena que hay muchos tipos de ser familia

 

Para abordar conflictos sociales

Para animarse a hablar de la muerte

Para comprender la diversidad

 Para conocer otras experiencias de ser chico/a

 

Por Cielo Salviolo

 

 

 

 

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