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Le piden a Salomé Peláez, niña de cuatro años, que defina el amor. He aquí su respuesta:

“Me gusta casarme y comprarme un payaso”.

Luego le piden a José Piedrahita, niño de tres años, que diga quién es Dios. Él responde:

“Es invisible y no sé más porque no he ido al cielo”.

Cuando Luisa Fernanda Borrero, nueve años, tiene que definir la palabra “padre” en la hoja que le correspondió, escribe esta belleza:

“Es una persona muy especial porque nos tuvo en su corazón cuando nos tenían en el vientre”.

La persona que les pide estas definiciones a los niños para luego articular, con las respuestas que ellos den, el diccionario más bello del planeta, es el profesor antioqueño Javier Naranjo.

Naranjo ha constituido lo que muy acertadamente llama un “laboratorio del espíritu”. Desde allí sigue estimulando a los niños – sus estudiantes, sus amigos, sus hermanos – para que digan cómo ven el mundo.

La hoja está ahora en las manos de Blanca Yuli Henao, diez años. A ella le toca definir la palabra “tranquilidad”. Y miren lo que anota:

“Por ejemplo que el papá le diga que le va a pegar y que después le diga que ya no”.

Las definiciones de los niños figuran en el libro “Casa de las estrellas”, del cual se acaba de publicar una cuarta edición, ampliada y con prólogo de Piedad Bonnet.

Un libro precioso, entrañable, sorprendente.

Le pregunto al profesor Naranjo, por mail, cómo nació la idea, y él me cuenta que fue en 1988, en un colegio de Rionegro. Como se celebraba el Día del Niño, Naranjo decidió pedirles que definieran en sus cuadernos, justamente, la palabra “niño”.

Entonces Luis Gabriel Mesa, siete años, escribió: “Un niño es un amigo, tiene el pelo cortico, juega bolas, puede jugar y puede ir al circo”.

Al leer la respuesta de Mesa, Naranjo quedó impactado por “la síntesis que hizo, la belleza de las palabras cuando se aparean de esa manera, la construcción tan sabia y tan simple”.

Luego leyó las palabras de otros niños y notó que también evidenciaban “desenfado y una hermosa irresponsabilidad”. Entonces siguió jugando con ellos, y un día decidió seleccionar las definiciones y reunirlas en ese libro maravilloso que es “Casa de las estrellas”.

Cuando uno se interna en sus páginas descubre con tristeza cómo ven los niños el país y el modelo de familia que los adultos les estamos dejando:

Paula Franco define así la palabra “guerra”: “es un juego que jugamos los niños de ahora”. Luis Alberto Ortiz define así la palabra “campesino”: “no tiene ni casa ni plata: solamente sus hijos”. Pablo José Jaramillo define así la palabra “dinero”: “es muy maluco porque lo atracan a uno”. Y Karla Montes define así la palabra “esposo”: “sinvergüenza”.

Los niños del profesor Naranjo no solo tienen voto: también tienen voz. Una voz inquietante, ocurrente, inolvidable.

Por eso “Casa de las estrellas” es un libro que puede faltar en la biblioteca, pero jamás en la mesa de noche.

Adulto:

Persona que en toda cosa que hable, primero ella.
Andrés Felipe Bedoya, 8 años.

Sombra:

Los movimientos de cada persona en la oscuridad.
Catalina Taborda, 7 años.

Político.

Persona que nos acaba o ayuda, depende de su situación económica.
Pastor Ernesto Castaño, 11 años.

Colegio:

Casa llena de mesas y sillas aburridas.
Simón Peláez, 11 años.

Paz:

Es para unos que matan mucho.
Jonny Alexánder Arias, 8 años.

Violencia:

Parte mala de la paz.
Sara Martínez, 7 años

Publicado en El puercoespín: http://www.elpuercoespin.com.ar/2013/11/06/poesia-de-ninos-tranquilidad-es-que-papa-diga-que-le-va-pegar-y-luego-diga-que-por-alberto-salcedo-ramos/

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